Mir, mir, mir… ¡Ahora lo entiendo todo!

Compartimos con todos vosotros el testimonio de peregrinación de este verano en nuestra parroquia a Medjugorje, dando gracias a Dios por esta preciosa experiencia que seguro dará fruto en nuestra parróquia de San Julián.

Entre mis incertidumbres y dudas, todo empezó el día 8 de Julio. Ese día, al amanecer, todos los peregrinos comenzamos a reunirnos en el punto de partida de la Parroquia de San Julián. En el silencio de la mañana, se mezclaban los saludos, las sonrisas y las miradas llenas de ilusión. Cada uno íbamos llevando nuestra propia historia y quizás el deseo de una promesa o de poner alguna petición ante la Virgen.

A las cinco de la mañana arrancaba el autobús que nos llevaba al aeropuerto de Barajas donde tomaríamos el vuelo hacia la ciudad croata de Dubrovnik. Durante todo este tiempo compartimos conversaciones donde se reflejaba el deseo de llegar, a los que íbamos por primera vez y las experiencias de los que ya habían visitado el lugar en otras ocasiones. Cuando llegamos a Dubrovnik mi sentimiento iba creciendo, nos aproximábamos a Medjugorje. En ese recorrido disfruté enormemente del paisaje, que parecía anunciar eencanto, la belleza y la paz de nuestro destino…

Ya en Medjugorje, y como estaba previsto, por la tarde nos incorporamos al programa de la Parroquia en un ambiente para mi difícil de describir, un tiempo especial, lejos del ruido cotidiano y de las prisas, en un silencio envolvente de contemplación que inevitablemente me transmitía paz y cercanía al Señor. Donde todos teníamos la mirada puesta en el mismo sitio, donde tantas personas de distintas culturas y lenguas rezábamos unidas por la misma fe. Fue impactante, me resultó bellísimo y así lo viví durante los cuatro días que permanecimos allí.

Otro momento que me resultó intenso, fue el ascenso a la Colina de las Apariciones, a pesar del terreno pedregoso y del esfuerzo físico hasta llegar a la Virgen. Al encontrarme frente a Ella y contemplarla, sentí igualmente un remanso de paz profundo, donde parecía no pasar el tiempo.

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No puedo olvidar tampoco la subida al Monte de la Cruz recorriendo las estaciones del Vía Crucis. Un camino escabroso que invita a ofrecer nuestras propias cruces y a aceptarlas con fe y esperanza. Ni la visita a la Cruz Azul a los pies de la Colina, lugares todos que he sentido como un oasis de paz.

Todo intensamente emocionante, pero he de destacar que mas allá de todas estas visitas y experiencias, lo que ha dejado en mí una huella imborrable, son las celebraciones litúrgicas y la Adoración Eucarística. Creo que ahí he conocido un poquito más a Dios y ha crecido mi deseo de estar más en su presencia.

Ahora, al regresar, siento el firme propósito de mantenerme fuerte en la fe y la paz que he encontrado allí. Ha sido una peregrinación que permanecerá para siempre en mi alma y en mi corazón. Una experiencia profundamente emotiva de encuentro con Dios a través de Nuestra Madre.

Peregrinar me ha enseñado que no solo es recorrer un camino, sino la apertura del corazón a una transformación para descubrir la paz..

“Mir, Mir, Mir…” Ahora lo entiendo.